14 jun. 2015

Saga "Alas" Aprilynne Pike en español (libro 3 y 4, saga completa)

Bueno, con estos dos libros se completa la saga, gracias a los que los tradujeron para nosotras. Que lo disfruten!
-Persefone.
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3.- Ilusiones:


Sinopsis: 

Laurel no ha visto a Tamani desde que le rogó que la dejara ir, le duele en su corazón pero esta segura de que David fue la decisión correcta. Pero cuando su vida vuelve a la normalidad, Laurel descubre un nuevo enemigo oculto que la acecha, entonces Laurel debe de recurrir a Tamani una vez más para proteger Avalon. Y por primera vez, Laurel no esta de segura de que su bando ganará..

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4.- Destinada:

Sinopsis: 

Laurel solía pensar que era una chica normal de Crescent City, California. Nunca hubiera creído que era realmente un hada proveniente de un reino llamado Avalon. 

Ahora Laurel debe arriesgar su vida para salvar a Avalon de la destrucción por Yuki—una rara y poderosa hada de invierno—y la cazadora de trolls Klea. Pero Laurel no tendrá que pelear sola; David y Tamani, dos chicos que ella ama en distinta manera, estarán de su lado, al lado de su mejor amiga, Chelsea.

31 may. 2013

Descarga el 02 libro de la Guía de Jessica para las Citas con el Lado Oscuro - "Jessica Gobierna en el Lado Oscuro" en español

Bueno, esta traducción NO es nuestra pero la publicamos igual, esta traducción la hicieron las chicas de AD así que se les agradece a ellas
Besos
Persefone
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Sinopsis:

Si estás leyendo esto Antanasia, significa que el destino se ha desarrollado como tu padre y yo imaginamos y tú has encontrado tu camino a casa. Espero que tu existencia hasta en este punto haya sido feliz y que estés preparada para los retos y riesgos por venir... 

Cuando Jessica Packwood descubrió que era una princesa vampiresa de Rumanía, se llevó el susto de su vida. Y luego resultó que esa era la parte más fácil de todo. Ahora, casada con el Príncipe Lucius Vladescu, tiene que reclamar su trono y convencer a una nación vampírica que ella es idónea para ser su reina. Pero Jess ni siquiera es capaz de pedir una comida decente a los miembros del personal del castillo, por no hablar de aquellos sujetos no-muertos a los que les encantaría verla fallar.
Y cuando Lucius es acusado de matar a uno de los vampiros más viejos y encarcelado sin la sangre que necesita, Jessica se encuentra sola, luchando por la supervivencia de ambos. Desesperada por limpiar el nombre de su marido y ganarse un descanso, Jess pide ayuda a su mejor amiga Mindy Stankowicz y al misterioso primo italiano de Lucius, Raniero Lovatu. Pero ambos guardan algunos secretos muy oscuros.
¿Podrá Jess descubrir en quién confiar y cómo afianzar su poder, antes de perderlo todo, incluyendo al vampiro que ama?
Lleno de romance, misterio y peligro, la esperada secuela de Guía de Jessica para ligar con vampiros nos enseña que a veces una princesa tiene que ganarse el «y serán felices para siempre», con una afilada
estaca en la mano.

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14 may. 2013

Saga "Alas" Aprilynne Pike en español

Dentro de poco publicaremos el 3 y 4 libro :)
-Persefone.
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Libro Nº01 - ALAS.


Wings es el primero de cuatro libros acerca de una chica aparentemente ordinaria llamada Laurel que descubre que es una hada. Cuando laurel se adentra en medio de una batalla de hace un siglo entre las hadas y los duendes, se encuentra entre ser un humano y una hada ama. En este cuento extraordinario de la magia y encanto, romance y peligro, todo que pensabas conocer sobre las hadas será cambiado por siempre.

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Libro Nº 02 - HECHIZOS

Han pasado seis meses desde que Laurel salvó la puerta de entrada al reino de las hadas de Ávalon. Ahora ella ha de pasar el verano perfeccionando sus habilidades como hada del Otoño. Pero su familia y amigos todavía están en peligro de muerte — y la puerta de entrada a Ávalon está más comprometida que nunca. Cuando llegue la hora de proteger a los que ama, ¿dependerá ella de David, su novio humano, para conseguir ayuda? ¿O acudirá ella a Tamani, el electrizante hada con cuya conexión es innegable?
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6 jul. 2012

"11 escándalos para conquistar el corazón de un duque" de MacLean Sarah: En español completo

Bueno, hoy me mandaron un mensaje a mi gmail para avisarme de que ya lo tradujeron en otro lado (y el archivo), no se quien lo hizo, pero le agradecemos su trabajo, y como saben no continuamos un proyecto si ya esta hecho asi que lo subi en nuestra cuenta y les voy a dejar el link de descarga ahi abajo.
Besos
Perse
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Eleven Scandals to Start to win a Duke`s Heart

(11 escándalos para conquistar el Corazón de un 

Duque)





Sinopsis:
Ella vive en busca de pasión
Audaz, impulsiva, y un imán para problemas, Juliana Fiori no es una tímida señorita inglesa. Ella se rehusa a actuar de acuerdo a las reglas de la sociedad: ella dice lo que piensa, no le interesa la aprobación de la realeza y puede dar un puñetazo con remarcable presición. Su naturaleza escandalosa la hace el tema favorito de los más expertos chismosos de Londres... y precisamente el tipo de mujer que el Duque de Leighton quiere mantener alejada de él.
El vive por su reputación
Escándalo, es la última cosa para la que Simon Pearson tiene espacio en su bien ordenado mundo. El Duque Desdeñoso está demasiado enfocado en mantener su titulo limpio de manchas y sus secretos escondidso. Pero cuando descubre a Juliana escondida en su carruaje tarde una noche - arriesgando todo lo que es importante para él- el jura enseñarle a la hermosa insolente una lección a cerca del decoro. Sin embargo, ella tiene otros planes; ella quiere dos semanas para probar que incluso un imperturbable duque no está por encima de la pasión.

29 may. 2012

11 Escándalos para conquistar el corazón de un duque: Capitulo 2 en español (2 parte)

Capitulo 2 (2 parte)

-¡Me llamo tarta! - Anuncio, a la defensiva. Hubo una pausa. -Espere. Eso no está bien.
-¿Pastel?
-¡Sí! ¡Eso es! - Ella miro las manos de su hermano convertidas en puños y miro a Simón. -¿Creo que no es un cumplido?
Fue duro para el escuchar eso. A él le hubiera gustado tener ahora mismo un puño sobre el hombre.
-No. No lo es.
Pensó por un momento.
-Bueno, entonces él se merecía lo que recibió, ¿no es verdad?
-Leighton, - Ralston encontró su voz. -¿Hay algún lugar en el que mi hermana pueda esperar mientras usted y yo hablamos?
Las campanas de alarma sonaron, fuerte y estridentes.
Simón se puso de pie, deseando calmarse.
-Por supuesto.
-Vas a discutir sobre mí, - exclamó Juliana.
¿La mujer no podía mantener ni un pensamiento para sí misma?
-Sí. Lo haré, - anunció Ralston.
-Me gustaría quedarme.
-Estoy seguro de que te gustaría.
-Gabriel... - Comenzó, en un tono suave que Simón sólo había oído alguna vez utilizarlo con los caballos sin entrenar y los internos de un asilo.
-No tientes a la suerte, hermana.
Hizo una pausa, y Simón vio con incredulidad como ella consideraba su próximo curso de acción. Por último, se encontró con su mirada, sus ojos azules brillantes parpadeando con irritación.
-¿Su Gracia? ¿A dónde podría esperar mientras usted y mi hermano hacen negocios de hombres?
Increíble. Ella se resistió en todo momento.
Se trasladó a la puerta, llevándola al pasillo.
Después de su salida, señalo la habitación directamente en frente de ellos.
-La biblioteca. Es posible que se ponga cómoda allí.
-Mmm. - El sonido era seco y descontento.
Simón contuvo una sonrisa, incapaz de resistirse a burlarse de ella por última vez.
-¿Y puedo decir que estoy feliz de ver que usted está dispuesta a admitir la derrota?
Ella se volvió hacia él y dio un paso más cerca, sus pechos casi tocándose. El aire se hizo más fuerte entre ellos, y fue inundado con su olor... grosellas rojas y albahaca. Era el mismo olor que había notado hace meses, antes de que él hubiera descubierto su verdadera identidad. Antes de que todo hubiera cambiado.
Se resistió al impulso de mirar la extensión de piel por encima del borde verde intenso de su vestido y en su lugar dio un paso atrás.
La niña era totalmente carente de sentido de la decencia.
-Puedo admitir la derrota en una batalla, Su Gracia. Pero nunca en la guerra.
La vio cruzar el vestíbulo y entrar a la biblioteca, cerrando la puerta detrás de ella, y él negó con la cabeza.
Juliana Fiori era un desastre esperando que suceda.
Era un milagro que hubiera sobrevivido la mitad de un año con la aristocracia.
Era un milagro que hubiera sobrevivido la mitad de un año con ella.
-Le dio con su rodilla en la... - Dijo Ralston, cuando Simón volvió al estudio.
-Parecería que sí, - respondió, cerrando la puerta con firmeza, como si pudiera bloquear a aquella mujer más que problemática.
-¿Qué diablos voy a hacer con ella?
Simón parpadeó una vez. Ralston y él apenas se toleraban entre sí. Si no fuera porque el gemelo del marqués era su amigo, ninguno de los dos si quiera hablarían con el otro. Ralston había sido siempre un zoquete.
Él en realidad no pedía la opinión de Simón, ¿lo hacia?
-Oh, por amor de Dios, Leighton, era retórico. Sé que no debo pedirte consejo. En particular, acerca de hermanas.
Las palabras lo golpearon de verdad, y Simon sugirió precisamente donde Ralston se podía ir para obtener algunos consejos.
El marqués se echó a reír.
-Mucho mejor. Yo estaba cada vez más preocupado por la forma graciosa en que te habías convertido.
Él fue hacia el aparador y se sirvió tres dedos de líquido color ámbar en un vaso. Volviéndose dijo:
-¿ Escocés?
Simón volvió a sentarse, dándose cuenta de que esta podría ser una larga noche.
-Una oferta generosa, - dijo secamente.
Ralston le alcanzo un vaso y se sentó.
-Ahora. Vamos a hablar de cómo mi hermana termino en su casa en medio de la noche.
Simon tomó un largo trago, disfrutando de como lo quemaba el licor en su garganta.
-Te lo dije. Estaba en mi coche cuando me fui del baile.
-¿Y por qué no me lo informaste de la situación de inmediato?

Esa pregunta era bastante buena. Simón hizo girar el vaso de whisky en la mano, pensando. ¿Por qué no cerró la puerta del coche y fue a buscar Ralston?
La chica era común e imposible y todo lo que no podía soportar en una mujer.
Pero ella era fascinante.
Ella había sido así desde el primer momento en que la había conocido, en la condenada librería, comprando un libro para su hermano. Y entonces la había visto otra vez en la Exposición de Royal Art. Y ella lo dejo creer...
-¿Tal vez me dirás tu nombre? - Le había pedido, deseoso de no perderla de nuevo. Las semanas transcurridas desde la librería habían sido interminables. Había frunció los labios, una mueca perfecta, y él había sentido la victoria. -Yo iré primero. Mi nombre es Simón.
-Simón. - Había amado el sonido en su lengua, el nombre que él no había utilizado públicamente en las últimas décadas.
-¿Y el tuya, mi lady?
-Oh, creo que eso arruinaría la diversión, - se había detenido, su brillante sonrisa iluminaba la habitación. -¿No está de acuerdo, Excelencia?
Ella sabía que él era un duque. Él debería haber reconocido entonces que algo andaba mal. Pero en cambio, se había paralizado. Sacudiendo la cabeza, había avanzado lentamente hacia ella, enviándola a correrse hacia atrás para mantener la distancia, y la persecución le había cautivado.
-Ahora, eso es injusto.
-Me parece más que justo. Soy un detective mejor que tú.
Hizo una pausa, teniendo en cuenta sus palabras.
-Parece que es de esa manera. ¿Quizá debería simplemente adivinar su identidad?
Ella sonrió.
-Usted puede sentirse libre de eso.
-Tú eres una princesa italiana, aquí con tu hermano en alguna visita diplomática al rey.
Había ladeó la cabeza en el mismo ángulo que tenía esa noche, mientras conversaba con su hermano.
-Tal vez.
-O bien, la hija de un conde Veronese, pasando su primavera aquí, deseosa de experimentar la legendaria temporada en Londres.
Ella se rió entonces, el sonido como el sol.
-Es muy descorazonador que a mi padre le de un puesto tan simple. ¿Por qué no un duque? ¿Al igual que usted?
Él había sonreído.
-Un duque, entonces, - y agregó en voz baja, -que haría las cosas mucho más fáciles...
Ella le dejo creer que ella era más que una plebeya molesta.
Lo cual, por supuesto, ella no lo era.
Sí, debería haber traído a Ralston en el momento en que vio a esa tonta en el suelo de su coche, apretada en la esquina como si fuera una mujer más pequeña, como si pudiera haberse ocultado de él.
-Si yo hubiera ido a buscarte, ¿cómo crees que hubiera terminado?
-Ella estaría dormida en su cama ahora mismo. Así es como habría terminado.
Hizo caso omiso de la visión que le vino de ella soñando, su pelo negro salvaje repartido en sábanas de lino blanco, su piel cremosa haciendo una bola bajo su camisón. Si llevaba camisón.
Se aclaró la garganta.
-¿Y si hubiera saltado de mi coche a la vista de todos los invitados de Ralston House? ¿Qué, pues?
Ralston hizo una pausa para reflexionar.
-Bueno, entonces, supongo que se habría arruinado. Y usted se estaría preparando para una vida de felicidad conyugal.
Simon volvió a beber.
-Así que lo más probable es que es mejor para todos nosotros que me haya comportado como lo hice.
Los ojos de Ralston se oscurecieron.
-Esta no es la primera vez que te resistes abiertamente a la idea de casarte con mi hermana, Leighton. Me parece que estoy empezando a tomarlo como algo personal.
-Tu hermana y yo no es conveniente, Ralston. Y tú lo sabes.
-No la puedo manejar.
Los labios de Simón se torcieron. No había un hombre en Londres que consiguiera mandarla.
Ralston lo sabía.
-Nadie va a tenerla. Ella es demasiado audaz. Demasiado impetuosa. Todo lo contrario de las buenas damas inglesas.
Hizo una pausa, y Simón se preguntó si el marqués estaba esperando que este en desacuerdo. No tenía ninguna intención de hacerlo.
-Ella dice todo lo que le entra en la cabeza cada vez que llega, sin tener en cuenta cómo los que la rodean respondan. ¡Ella ensangrienta las narices de hombres desprevenidos! - La última frase la dijo con una carcajada de incredulidad.
-Bueno, para ser justos, sonaba como el hombre de esta noche se lo merecía.
-Lo hizo, ¿verdad? - Dejó salir Ralston, pensando por un largo rato. -No debería ser tan difícil encontrarlo. No puede haber demasiados aristócratas con un labio hinchado por ahí.
-Menos aún cojeando de la otra lesión, - dijo Simón con ironía.
Ralston negó con la cabeza.
-¿Dónde crees que se enteró de esa táctica?
A partir de los lobos por los que había sido claramente educada.
-Yo no me atrevo a adivinarlo.
El silencio cayó entre ellos, y después de un largo momento, Ralston suspiró y se levantó.
-No me gusta estar en deuda con usted.
Simón sonrió con la confesión.
-Nosotros ni siquiera lo consideramos.
El marqués asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Una vez allí, se dio la vuelta.
-Tuvimos suerte, ¿no es así, que haya una sesión especial este otoño? ¿Manteniendonos a todos dentro de nuestro país?
Simon se encontró con la mirada sabia de Ralston. El marqués no hablaría de lo que ambos sabían... que Leighton había lanzado su considerable poder para enviar un proyecto de ley de emergencia que podría haber esperado para comenzar fácilmente en la sesión de primavera del Parlamento.
-La preparación militar es un asunto serio, - dijo Simon con calma deliberada.
-De hecho, lo es. - Ralston cruzó sus brazos y se recostó contra la puerta. -Y el Parlamento es una bienvenida distracción de las hermanas, ¿no?
Los ojos de Simón se estrecharon.
-Nunca antes has tirado golpes conmigo, Ralston. No hay necesidad de comenzar ahora.
-¿No creo poder pedir su ayuda con Juliana?
Simón se quedó inmóvil, la solicitud colgó entre ellos.
Simplemente dile que no.
-¿Qué tipo de ayuda?
No es preciso.
-No, - dijo Leighton.
Ralston enarcó una ceja.
-Yo no estoy pidiendo que se case con la muchacha, Leighton. Relájese. Yo podría utilizar el par de ojos extra con ella. Quiero decir, ella no puede entrar en los jardines de nuestra propia casa sin ser atacada por hombres no identificados.
Simon nivelo a Ralston con una mirada fresca.
-Parece que el universo te está castigando con una hermana que crea tantos problemas como lo hiciste.
-Me temo que puede que tengas razón.
Un pesado silencio.
-Sabes lo que le puede pasar a ella, Leighton.
Lo has vivido.
Las palabras no fueron pronunciadas, pero en ese silencio Simón las oyó entre ellos, no obstante.
Sin embargo, la respuesta es no.
-Perdóname si yo no estoy del todo interesado en hacerle un favor, Ralston.
Mucho más cerca.
-Sería un favor para St. John, así, - Ralston añadió, invocando el nombre de su hermano gemelo, el gemelo bueno. -Puedo tener que recordarte que mi familia esta gastando un poco de energía en tu cariñosa hermana, Leighton.
Allí estaba.
El peso pesado del escándalo, lo suficientemente potente como para mover montañas.
No le gustaba tener una debilidad evidente.
Y sólo empeoraría.
Durante un largo momento, Simón no se atrevía a hablar. Por último, asintió con la cabeza.
-Justo lo suficiente.
-Se puede imaginar lo mucho que detesto la idea de hablar de esto, Duque, pero piensa en cuánto vamos a disfrutar viéndonos la cara por el resto de nuestros días.
-Lo confieso, yo estaba esperando no tener que sufrir por tanto tiempo.
Ralston se echó a reír.
-Eres un cabrón insensible. - Él estaba para quedarse detrás de la silla que había dejado vacante. -¿Estás listo, entonces? ¿Para cuando la noticia salga a la luz?
Simón no pretendió haber malentendido. Ralston y St. John eran los únicos dos hombres que conocían el más oscuro de los secretos de Simón. El que destruiría a su familia y su reputación si se diera a conocer.
El que estaba destinado a ser revelado antes o después.
¿Alguna vez estaría listo?
-Todavía no. Pero muy pronto.
Ralston le observaba con una mirada fresca de color azul que a Simón le recordó a Juliana.
-Sabes que vamos a estar junto a ti.
Simón se rió una vez, sin sentido del humor en el sonido.
-Perdóname si no pongo mucho peso en el apoyo de Ralston House.
Uno de los lados de la boca de Ralston se levantó con una sonrisa.
-Somos un grupo heterogéneo. Pero compensamos ello con más que tenacidad.
Simon considero a la mujer en su biblioteca.
-Eso no lo dudo.
-Supongo que va a casarse.
Simón se detuvo en el acto de levantar la copa a los labios.
-¿Cómo lo sabes?
La sonrisa se ​​convirtió en una sonrisa de complicidad.
-Casi todos los problemas pueden ser resueltos por un viaje al vicario. En particular, el suyo. ¿Quién es la afortunada?
Simón considero mentir. Considero fingir que no la había seleccionado. Todo el mundo lo sabría muy pronto, sin embargo.
-Lady Penélope Marbury.
Ralston silbo largo y bajo.
-Hija de un segundo marqués. Reputación impecable. Generaciones de pedigree. La Santísima Trinidad de un partido deseable. Y con una fortuna. Excelente elección.
No era nada que Simón no hubiera pensado, por supuesto, pero dolía, sin embargo escucharlo en voz alta.
-No me gusta oírte hablar sobre los fondos de mi futura duquesa como si estuviera ganando premios.
Ralston se echó hacia atrás.
-Mis disculpas. Yo tenía la impresión de que usted había elegido a su futura duquesa como si estuviera ganando premios.
Toda la conversación lo ponía incómodo. Era cierto. Él no iba a casarse con Lady Penélope por otra cosa que sus antecedentes intachables.
-Después de todo, no es como si alguien se fuera a creer que el gran duque de Leighton se casaría por amor.
No le gustaba el ligero sarcasmo en el tono de Ralston. Por supuesto, el marqués había sabido siempre lo que le irritaba. Desde que eran niños. Simón se levantó, dispuesto a moverse.
-Creo que voy a buscar a tu hermana, Ralston. Ha llegado el momento para que usted pueda llevarla a su casa. Y yo le agradecería si pudiera mantener al dramatismo de tu familia alejado de mi puerta en el futuro.
Las palabras sonaron imperiosas incluso para sus oídos.
Ralston se enderezó, haciendo un trabajo lento para llegar a su altura, era casi tan alto como Leighton.
-Ciertamente lo intentare. Después de todo, usted tiene un montón de dramatismo en su propia familia amenazando con venirse abajo en su puerta, ¿no?
No había nada en Ralston que a Simón le gustara.
Él haría bien en recordarlo.
Salió del estudio y se dirigió a la biblioteca, abriendo la puerta con más fuerza de lo necesario y quedándose quieto justo en el interior de la habitación.
Ella estaba dormida en su silla.
Con su perro.
La silla que había elegido era una en la que él había trabajado mucho y duro para que llegara a el nivel perfecto para su comodidad. Su mayordomo había sugerido retapizarlo en innumerables ocasiones, debido en parte, Simón imaginaba, al desgaste, el tejido blando que él consideraba uno de los mejores atributos del asiento. Miró la forma de dormir de Juliana, su arañada mejilla contra los suaves hilos de oro de la tela gastada.
Se había quitado los zapatos y enroscó sus pies debajo de ella, y Simón negó con la cabeza por el comportamiento. Las damas a través de Londres no se atrevería a ir descalzas en la intimidad de sus propios hogares, y sin embargo allí estaba ella, acomodándose y tomando una siesta en la biblioteca de un duque.
Robó un momento para verla, para apreciar cómo se adaptaba perfectamente a su silla. Era más grande que la plaza y media, construida especialmente para él quince años antes, cuando, cansado de doblarse a sí mismo en sillas minúsculas que su madre había declarado estaba a "la altura de la moda", había decidido que, como duque, estaba bien dentro de su derecho de nacimiento gastar una fortuna en una silla que se adaptara a su cuerpo. Era lo suficientemente amplia como para que se sentara cómodamente, con espacio adicional suficiente para un montón de papeles que requerían su atención, o, como era el caso en este momento, para un perro en busca de un cuerpo caliente.
El perro, un perro mestizo de color marrón que había encontrado su camino hacia el dormitorio de su hermana en un día de invierno, ahora caminaba con Simón y establecía su hogar dondequiera que el duque iba. El canino estaba particularmente aficionado a la biblioteca de la casa de la ciudad, con sus tres chimeneas y muebles cómodos, y había hecho, obviamente, un amigo. Leopold estaba acurrucado ahora en una pequeña bola, con la cabeza apretada en uno de los largos muslos de Juliana.
Muslos que Simón no debería notar.
Que su perro fuera un traidor era una preocupación que Simón abordará más adelante.
Ahora, sin embargo, tenia que hacer frente a la dama.
-Leopold. - Llamo Simón el perro, golpeando una mano en su muslo en una maniobra que había practicado, el perro se coloco sobre sus talones en cuestión de segundos.
Si tan sólo la misma acción llevara a la niña a sus talones.
No, como no tenia esa manera, él no la iba a despertar con tanta facilidad. En su lugar, quería despertarla lentamente, con movimientos largos y suaves a lo largo de esas piernas maravillosas... agazapándose junto a ella y enterrando su cara en esa masa de cabellos de ébano, bebiendo su olor, a continuación, llevaría sus labios a lo largo del ángulo de su encantadora mandíbula hasta llegar a la curva suave de su oreja. Él le susurraría su nombre, despertandola con el aliento en lugar de con el sonido.
Y luego iba a terminar lo que había iniciado hacia meses.
Y él la llevaría hasta sus talones de una forma totalmente diferente.
Él junto sus manos en puños a los lados para mantener su cuerpo alejado de actuar con la promesa de su imaginación. No había nada por lo que pudiera hacer eso sin que sea más perjudicial para alimentar el deseo inoportuno que sentía por esa mujer imposible.
Sencillamente, tenía que recordar que estaba buscando en el mercado a la duquesa perfecta.
Y la señorita Juliana Fiori nunca iba a ser eso.
No importa lo bien que llenara su sillón favorito.
Ya era hora de despertar a la niña.
Y mandarla a su casa.

Fin del Capitulo...

28 may. 2012

11 Escándalos para conquistar el corazón de un duque: Capitulo 2 en español (1 parte)

Capitulo 2 (1 parte)


Hay una razón por la que las faldas son largas y los
cordones complejos.
La dama refinada no expone sus pies.
Ni una vez.
-Un tratado para las más exquisitas de las damas



Al parecer, los granujas reformados encuentran el deber
fraterno como una especie de desafío...
-El escándalo de la Hoja, octubre 1823


Era muy posible que el marqués de Ralston fuera a matarlo.
No es que Simon tuviera nada que ver con el estado actual de esta niña.
No era su culpa que ella se hubiera embarcado en su carruaje después de pelearse con, por lo que pudo adivinar, un arbusto de acebo, los adoquines de las caballerizas de Ralston, y el borde de su vestido.
Y un hombre.
Simon Pearson, el onceavo Duque de Leighton, hizo caso omiso de la rabia feroz que estalló por el pensamiento de el moretón violeta que rodeaba la muñeca de la niña y volvió su atención a su airado hermano que, actualmente, acechaba el perímetro del estudio de Simon como un enjaulado animal.
El marqués se detuvo frente a su hermana y encontró su voz.
-Por el amor de Dios, Juliana. ¿Que el diablos te pasó?
El lenguaje hubiera hecho que una mujer inferior se ruborizase. Juliana no se inmutó.
-Me caí.
-Caíste.

-Sí. - Hizo una pausa. -Entre otras cosas.
Ralston miró al techo como pidiendo paciencia. Simon reconoció la emoción. Tenía una hermana también, quien le había dado más que su cuota de frustración.
Y la hermana de Ralston era más irritante de lo que cualquier mujer debería ser.
Más hermosa, también.
Se puso rígido ante el pensamiento.
Por supuesto, ella era hermosa. Era un hecho empírico. Incluso con su vestido manchado, roto, que ponía a la mayoría de las otras mujeres de Londres en vergüenza. Ella era una mezcla sorprendente de piel delicada de porcelana inglesa, líquidos ojos azules, nariz perfecta, y barbilla impertinente y exótica italiana, todos los rizos salvajes del color de un cuervo y labios carnosos y curvas exuberantes que un hombre tendría que estar muerto para no darse cuenta.
No estaba muerto, después de todo.
Era que simplemente no le interesaba.
Un recuerdo brilló.
Juliana en sus brazos, subiendo en sus dedos de los pies, apretando sus labios en los suyos.
Se resistió a la imagen.
También era audaz, impetuosa, impulsiva, un imán para los problemas, y precisamente el tipo de mujer que él quería lejos de él.
Así que, por supuesto, había aterrizado en su carruaje.
Suspiró, enderezo la manga de su abrigo y volvió su atención hacia el cuadro que tenía delante.
-¿Y cómo tus brazos y tu cara se rayaron?
Ralston continuó como un perro.
-¡Parece como si hubieras corrido a través de un rosal!
Ella inclinó la cabeza.
-Yo podría haberlo hecho.

-¿ Podrías haberlo hecho? - Ralston dio un paso hacia ella, y Juliana le hizo frente a su hermano. No tenia nada que perder.
Ella era alta, lo que es raro en una mujer. No todos los días Simón conocía a una mujer con la que no tenía que agachar la cabeza para conversar.
La parte superior de su cabeza llegaba a su nariz.
-Bueno, yo estaba muy ocupada, Gabriel.
Había algo en las palabras, tan completamente superiores, que había hecho que Simón soltara su diversión, llamando la atención sobre sí mismo.
Ralston se volvió hacia él.
-Oh, no me reiría demasiado fuerte, si fuera usted, Leighton. Tengo casi resuelta la parte que hiciste para la farsa de esta noche.
La incredulidad disipo la diversión.
-¿Que hice? Yo no hice más que mantener a la niña alejada de arruinarse a sí misma.
-Entonces, ¿tal vez te gustaría explicar cómo es que los dos estaban solos en su estudio, con las manos unidas por su amor, cuando llegué?
Simón fue inmediatamente consciente de lo que Ralston estaba haciendo. Y a él no le gustaba.
-¿Que estás tratando de decir exactamente, Ralston?
-Sólo que las licencias especiales se han adquirido por menos.
Sus ojos se estrecharon en el marqués, un hombre al que apenas toleraba en un buen día. Este no estaba resultando ser un buen día.
-No me voy a casar con la chica.
-No hay forma de que me case con él, - gritaba en el mismo momento.
Bueno. Al menos estaban de acuerdo en algo.
Espera.
¿Ella no quería casarse con él? Ella podía hacerse condenado a un espectáculo peor. ¡Él era un duque, por el amor de Dios!
Y ella era un escándalo caminando.
La atención de Ralston había regresado a su hermana.
-Te casarás con quien yo te diga que te cases si continúas con este comportamiento ridículo, hermana.
-Tu lo prometiste... - ella comenzó.
-Sí, bueno, no estabas haciendo un hábito de ser abordado en los jardines cuando hice esa promesa. - La impaciencia infundido el tono de Ralston. -¿Quién te hizo esto?
-Nadie.
La respuesta demasiado rápida le molestaba. ¿Por qué no iba a revelar quién le había hecho daño? Tal vez ella no había querido hablar sobre ese asunto en privado con Simón, pero ¿por qué no con su hermano?
¿Por qué no permitir que la retribución se entregará?
-Yo no soy un tonto, Juliana. - Prosiguió Ralston. -¿Por qué no me lo dices?
-Todo lo que necesitas saber es que lo maneje.
Ambos hombres se congelaron. Simón no pudo resistir la tentación.
-Lo manejó, ¿cómo?
Hizo una pausa, sosteniendo su muñeca magullada en la otra mano de una manera que le hizo preguntarse si podría tener un esguince.
-Le pegué.
-¿Dónde? - Exclamó Ralston.
-En los jardines.
El marqués miró al techo, y Simon se apiadó de él.
-¿Creo que lo que tu hermano te estaba pidiendo que le digas en que lugar golpeo a su atacante?
-Oh. En la nariz. - Ella hizo una pausa por el silencio aturdido que siguió, y luego dijo a la defensiva, -¡Se lo merecía!
-Se muy bien que lo hizo, - Ralston estuvo de acuerdo. -Ahora me das su nombre, y voy a acabar con él.
-No.
-Juliana. Un golpe de una mujer no es un castigo suficiente por su ataque.
Ella entrecerró los ojos en su hermano:
-¿En serio? Bueno, había una gran cantidad de sangre teniendo en cuenta que fue el golpe de una mujer sola, Gabriel.
Simon parpadeó.
-Usted le hizo sangrar la nariz.
Una sonrisa de suficiencia cruzó su rostro.
-Eso no es todo lo que hice.
Por supuesto que no lo era.
-No me atrevo a preguntar...- Simón la empujó.
Ella lo miró a él, y luego a su hermano. ¿Estaba ruborizada?
-¿Qué hiciste?
-Yo... lo golpee... en otros lugares.
-¿Dónde?
-En su... - Ella vaciló, torciendo la boca mientras buscaba la palabra, luego se rindió. -En su Inguine.
¿Acaso no había entendido perfectamente el italiano, el movimiento circular de su mano en un área en general, que creía que era totalmente inadecuado para la discusión con una joven de buena crianza y habia sido inconfundible?
-Oh, Dios mío. - No fue claro si las palabras de Ralston se entendían como oración o blasfemia.
Lo que estaba claro era que la mujer era un gladiador.

Continuara...




27 may. 2012

11 Escandalos para conquistar el corazon de un duque - Sarah MacLean Sarah: Capitulo 1 (español, parte 2)

Aca ta la segunda parte
que lo disfruten!
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Capitulo 1 (parte 2)

La puerta se cerró detrás de él con un suave clic, y estaban solos.
La desesperación aumentó, empujándola al movimiento, y ella luchó por la puerta cercana, ávida por escapar. Sus dedos buscaron a tientas la manija.
-Yo no lo haría si fuera tú.
Las palabras calmas y frías la molestaron, ya que cortaron a través de la oscuridad.
Había habido un momento en que él no había estado tan al margen de ella.
Antes de que ella hubiera jurado no volver a hablar con él de nuevo.
Ella tomó una respiración rápida, estabilizadora, negándose a permitir que él tomara la satén por el mango.
-Aunque le doy las gracias por la sugerencia, Su Gracia. Usted me perdonará si no lo sigo.

Agarró la manija, haciendo caso omiso de la picadura en su mano por la presión de la madera, y desplazo
su peso para liberar el pestillo. Él se movió como un rayo, inclinándose sobre ella y la puerta cerrada con poco esfuerzo.
-No era un consejo.
Golpeó el techo del carro dos veces, con firmeza y sin vacilación. El vehículo se movió al instante, como si eso solo dirigiera su curso, y Juliana maldijo a todos los cocheros bien entrenados al caer hacia atrás, capturando su pie en la falda de su vestido, rasgándose aun más el satén. Ella dio un respingo al oír el sonido, todo muy fuerte en el silencio pesado, y se pasó la palma de la mano sucia con nostalgia por la tela preciosa.
-Mi vestido está en ruinas. - Ella tuvo el placer de lo que implicaba que hubiera tenido una excusa para algo  de lo que paso con ella. Él no necesitaba conocer que el vestido se había arruinado mucho antes de que ella aterrizara sobre sí misma en su carruaje.

-Sí. Bueno, puedo pensar cualquier número de formas en las que podrías haber evitado una tragedia esta noche. - Menciono las palabras con nula contrición.
-Yo no tenía muchas opciones, ya sabes. - Ella inmediatamente se odiaba a sí misma por haberlo dicho en voz alta.
Sobre todo a él.
Él volvió la cabeza hacia ella cuando un poste de luz en la calle más allá emitía un haz de luz a través de la ventanilla del coche, dejándolo en relieve.
Ella trató de no fijarse en él. Trató de no darse cuenta de cómo cada centímetro de él llevaba la marca de su excelente cría, de su aristocrática historia de largos patriciosnariz recta, el cuadrado perfecto de su mandíbula, los altos pómulos que deberían haberlo hecho parecer femenino pero que parecía que lo hacian más atractivo.
Ella dio un pequeño resoplido de indignación.
El hombre tenía pómulos ridículos.
Pero nunca había conocido a alguien tan guapo.
-Sí, - arrastro bastante las palabras, -me imagino que es difícil tratar de estar a la altura de una reputación como la suya.
La luz desapareció, reemplazada por el aguijón de sus palabras.
Nunca había conocido a nadie que fuera un asno en el momento apropiado.

Juliana estaba agradecida por su oscuro rincón del carruaje y retrocedió allí luego de su insinuación. Estaba acostumbrada a los insultos, a la especulación ignorante que venia con su ser la hija de un comerciante italiano y una caída marquesa inglesa que abandono a su marido y sus hijos... y desestimó a la élite de Londres.

Lo último era la único de las acciones de su madre por la que Juliana tuvo siquiera un atisbo de admiración.
A ella le gustaría decirle a todo el lote de ellos donde podrían poner sus normas aristocráticas.
Comenzando con el duque de Leighton. ¿Quién dijo que fue lo peor de su suerte?
Pero él no había sido así desde el principio.
Empujó a un lado el pensamiento.
-Me gustaría que detenga el carro y me deje salir.
-¿Supongo que esto no va por el camino que tenía planeado?
Hizo una pausa.
-¿La forma en que yo lo tenía... planeado?
-Vamos, señorita Fiori. ¿Cree que no sé cómo su juego tenía que haberse jugado? Usted, descubierta en mi carro vacío en la perfecta ubicación para una cita clandestina... ¿en las escaleras de la casa ancestral de su hermano, durante uno de los mejores eventos a los que se asistió en las últimas semanas?
Sus ojos se ensancharon.
-¿Cree que yo...?
-No. Yo sé que usted está tratando de atraparme en matrimonio. Y por su aspecto, me hace suponer que su hermano no tiene conocimiento, considerándola lo estúpida que es, podría haber funcionado en un hombre de con un título menor. Pero le aseguro que no va a funcionar en mí. Yo soy un duque. En una batalla con la que su reputación, podría sin duda ganar. De hecho, me hubiera dejado arruinarla a usted misma con bastante facilidad si doy la vuelta hacia Ralston House, pero, por desgracia, estoy en deuda con su hermano por el momento. Se lo habría merecido por esta pequeña farsa.

Su voz era tranquila y firme, como si hubiera tenido esta conversación en particular en innumerables ocasiones antes, y ella no era más que un menor de edad inconveniente... una mosca en su tibia, poco comida sopa de mariscos, o lo que fuera que la aristocrática británica snobs consumía con cucharas de sopa.
De todo lo pomposo arrogante...
La furia la quemo, y Juliana apretó los dientes.
-De haber sabido que éste era su vehículo, lo habría evitado a toda costa.
-Increíble, entonces, que de alguna manera se haya perdido el gran sello ducal en el exterior de la puerta.
El hombre era exasperante.
-Es increíble, de hecho, ¡porque estoy segura que el sello en la parte exterior de su carro rivaliza con su presunción de tamaño! Le aseguro, Su Gracia, - escupió el título honorífico, como si fuera un epíteto. -Si yo estuviera buscando marido, me gustaría que sea alguien que tenga más que la recomendación de un título de fantasía y un falso sentido de importancia. - Ella escuchó el temblor de su voz, pero no pudo detener el torrente de palabras saliendo de ella. -Está tan impresionado con su título y posición, es un milagro que no tenga la palabra 'Duque' bordado en hilo de plata en todos sus trajes. Por la forma en que se comporta, se podría pensar que en realidad hubiera hecho algo para ganarse el respeto de estos ingleses necios en vez de haber sido engendrado, del todo por casualidad, en el momento adecuado y por el hombre correcto, imagino que es exactamente igual que todos los demás hombres. Sin delicadeza.

Ella se detuvo, los latidos de su corazón sonaban altos en su orejas con las palabras colgando entre ellos, su eco pesado en la oscuridad. Senza finezza. Fue sólo entonces se dio cuenta de que, en algún momento de su diatriba, ella había cambiado al italiano.
Ella sólo podía esperar que él no hubiera entendido.
Hubo un largo trecho de silencio, un gran vacío que amenazo su salud mental. Y entonces el coche se detuvo. Se sentaron allí por una interminable momento, aún como una piedra, se preguntaba si podría
permanecer allí en el vehículo por el resto del tiempo, oyó el desplazamiento de la tela. Él abrió la puerta de par en par.
Ella escucho el sonido de su voz, apagada y oscura y mucho, mucho más cerca de lo que esperaba.
-Sal del carruaje.
Hablaba italiano.
Perfectamente.
Tragó saliva. Bueno. Ella no estaba iba a disculparse. No después de todas las cosas terribles que había dicho. Si él la iba a tirar del carro, que así sea. Ella iba a regresar. Con orgullo.
Quizás alguien sería capaz de apuntar en la dirección correcta.
Se deslizó por el suelo del coche y salio al exterior, esperando por completo ver que la apertura de la puerta se cerraba detrás de ella. En su lugar, él la siguió, haciendo caso omiso de su presencia a medida que avanzaba por las escaleras de la casa más cercana. La puerta se abrió antes de que llegara al escalón más alto.
Como si las puertas, como todo lo demás, se inclinaran a su voluntad. Ella vio como entraba en el hall de entrada iluminado, más allá un gran perro marrón fue para darle la bienvenida con exuberancia alegre.
Bueno. Esto iba en contra de la teoría de que los animales podían oler el mal carácter.
Ella sonrió ante la idea, y él se volvió a mitad de camino casi al instante, como si hubiera hablado
en voz alta. Sus rizos dorados eran una vez más en el elenco alivio de la angélica, cuando él dijo:
-Dentro o fuera, señorita Fiori. Usted está poniendo a prueba mi paciencia.
Ella abrió la boca para hablar, pero ya habia desaparecido de la vista. Por lo que eligió el camino de menor resistencia.
O, al menos, el camino que era menos probable que terminara en su ruina en una acera de Londres en la mitad de la noche.
Ella lo siguió.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella y el lacayo se apresuró a seguir a su señor a cualquier lugar y el carruaje se fue, Juliana hizo una pausa en la iluminada entrada, mirando el ancho vestíbulo de mármol y los espejos dorados en las paredes que sólo servían para hacer que el gran espacio pareciera más enorme, había media docena de puertas que conducían a uno y otro lado, y un pasillo largo y oscuro que se extendía profundamente en la casa.
El perro se sentó en la parte inferior de la amplia escalera que conducía a los pisos superiores de la casa, y bajo su control canino en silencio, Juliana fue de repente, embarazosamente consciente del hecho de que estaba solo en la casa de un hombre.
Sin escolta.
Con la excepción de un perro.
Que ya había sido revelado como un juez muy pobre de carácter.
Callie no lo aprobaría. Su cuñada específicamente le advirtió que ella evitara situaciones de este tipo. Temía que los hombres se aprovecharan de una mujer joven italiana con poca comprensión de las costumbres británicas.
-He envió un mensaje a Ralston para que venga a buscarla. Usted puede esperar en el...
Levantó la vista y se detuvo en seco, se encontró con su mirada, que se nubló con algo que, si no lo supiera mejor, podría llamarse preocupación.
Ella, sin embargo, lo sabia mejor.
-¿En el? - Le pidió ella, preguntándose por qué se estaba moviendo hacia ella a un ritmo alarmante.
-Dios mío. ¿Qué te pasó?
*****
-Alguien te atacó.
Juliana vio como Leighton sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal y dirigió la bebida hacia donde ella estaba sentada en una de las sillas de cuero de gran tamaño en su estudio. Le alcanzo el vaso, y ella sacudió la cabeza.
-No, gracias.
-Usted debe tomarlo. Encontrará que es calmante.
Ella lo miró.
-Yo no tengo la necesidad de calmarme, Su Gracia.

Su mirada se redujo, y se negó a mirar a otro lado, vio el retrato de la nobleza inglesa en él, alto, con una buena apariencia casi insoportable y una expresión de total y absoluta confianza que nunca en su vida había sido cuestionada.
Nunca, hasta ahora.
-¿Niega que alguien la atacó?
Ella se encogió de hombros sin hacer nada, permaneciendo tranquila.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía decirle que no se volvería contra ella? Le diría, en ese tono imperioso y arrogante, que si hubiera sido más como una dama... si hubiera tenido más cuidado de su reputación... si se hubiera comportado más como una inglesa y menos como una italiana... todo eso no tendría que haber pasado.
Él la trataría como todos los demás.
Tal como lo había hecho desde el momento en que descubrió su identidad.
-¿Importa? Estoy segura de que va a decidir que organice toda la noche con el fin de atrapar a un marido. O algo igualmente ridículo.
Ella había tenido la intención de que las palabras lo enfurecieran. Ellas no lo hicieron. En cambio, él la rastrillo con una mirada larga y fría, deteniéndose en su cara y en los brazos, cubiertos de arañazos, su
vestido arruinado, roto en dos lugares, manchado de suciedad y la sangre de sus palmas anotadas. Uno de los lados de su boca se torció en lo que imaginaba que era algo parecido al asco, y ella
no pudo resistirse a decir:
-Una vez más, me demuestro menos digna de su presencia, ¿verdad?
Se mordió la lengua, deseando no haber hablado.
Se encontró con su mirada.
-Yo no he dicho eso.
-No tenía que hacerlo.
Echó hacia atrás el whisky cuando un suave golpe sonó en la puerta entreabierta de la habitación. Sin
apartar la mirada de ella, el duque gritó:
-¿Qué pasa?
-He traído las cosas que usted solicito, Su Gracia.
Un siervo entro en la habitación con una bandeja llena con una cuenca, vendas, y varios recipientes pequeños. Él estableció la carga sobre una mesa baja cercana.
-Eso es todo.
El criado se inclinó una vez, cuidadosamente, y se marchó cuando Leighton fue hacia la bandeja. Ella vio como levantó una toalla de lino, sumergiéndola en un borde de la cuenca.
-No le dio las gracias.
Lanzo una mirada sorprendida hacia ella.
-La noche no me ha exactamente puesto en un pensamiento de agradecimiento en la mente.
Ella se puso rígida ante su tono, al oír la acusación allí.
Bueno. Ella podría ser difícil también.
-Sin embargo, él le hizo un servicio. - Ella hizo una pausa para el efecto. -No darle las gracias te hace glotón.
Hubo un segundo antes de que su significado se convirtiera en claro.
-Grosera.
Agitó una mano.
-Lo que sea. Un hombre diferente le hubiera dado las gracias.
Él se acercó a ella.
-¿No te refieres a un hombre mejor?
Sus ojos se abrieron en la inocencia fingida.
-Nunca. Usted es un duque, después de todo. Sin duda, no hay nadie mejor que usted.
Las palabras fueron un golpe directo. Y, después de las terrible cosas que le había dicho a ella en el carruaje, uno bien merecido.
-Una mujer diferente se daría cuenta de que ella esta llena de deuda conmigo y tendría más cuidado con sus palabras.
-¿No quiere decir una mujer mejor?
Él no contestó, en su lugar tomo asiento enfrente de ella y extendiendo su mano, la palma hacia arriba.
-Dame tus manos.
Las aferró cerca de su pecho, cautelosa.
-¿Por qué?
-Ellas están magulladas y ensangrentadas. Necesitan limpieza.
Ella no quería que él la tocara. No confiaba en sí misma.
-Ellas están muy bien.
Le dio un gruñido, frustrado, enviando un escalofrío a través de ella.
-Es cierto lo que dicen de los italianos.
Ella se puso rígida ante las palabras secas, con la promesa de un insulto.
-¿Que somos superiores en todos los sentidos?
-Que es imposible que pueda admitir la derrota.
-Un rasgo que le sirvió muy bien a César.
-¿Y cómo esta el Imperio Romano yendo estos días?
El tono casual, superior le daba ganas de gritar. Epítetos. En su lengua nativa.
Hombre imposible.
Se miraron el uno al otro durante un largo minuto, ninguno dispuesto a dar marcha atrás hasta que finalmente él habló.
-Su hermano, la vera aquí mismo, en cualquier momento, señorita Fiori. Y va a estar lo suficientemente furioso sin ver sus palmas de las manos con sangre.
Ella entrecerró los ojos en su mano, ancha, larga y con secreción de fuerza. Tenía razón, por supuesto. No tenía más remedio que renunciar.
-Esto va a doler. - Las palabras eran su única advertencia antes de que él pasara el pulgar sobre la palma en voz baja, investigando la piel herida allí, ahora incrustada en sangre seca. Ella contuvo el aliento con el toque.
Él la miró.
-Disculpa.
Ella no respondió, en lugar hizo una demostración de investigación de su otra mano.
Ella no le dejó ver que no era el dolor lo que le daba dificultad para respirar.
Ella lo esperaba, por supuesto, lo innegable, la reacción no deseada que amenazaba cada vez que
lo veía. Que surgía cuando él se acercaba.
Se asqueo. Ella estaba segura de ello.
Ella ni siquiera apoyaría la posibilidad alternativa.
Intento una evaluación clínica de la situación, Juliana se miró las manos, casi entrelazadas. La sala al instante se hizo más caliente. Tenía las manos enormes, y fue observando los dedos, largos y cuidados, espolvoreados con pelos finos de oro.
Corrió un dedo suavemente sobre la contusión que había aparecido en su muñeca, y miró hacia arriba para encontrarlo también mirando a la piel color púrpura.
-Usted me dirá quien le hizo esto.
Tenia una certeza fresca en sus palabras, como si supiera que iba a hacer su voluntad, y, a su vez, manejara la situación. Pero Juliana lo sabía mejor. Este hombre no era un caballero. Él era un dragón. El líder de
ellos.
-Dígame, Su Gracia. ¿Cómo es creer que su voluntad no existe más que para hacerse cumplir?
Su mirada voló hacia ella, oscureciéndose con irritación.
-Usted me lo dirá, señorita Fiori.
-No, no lo haré.
Ella le devolvió la atención a sus manos. Juliana a menudo no se sentía delicada... era mucho más alta que casi la totalidad de las mujeres y muchos de los los hombres en Londres, pero este hombre la hacía sentir pequeña.
Su pulgar era apenas más grande que el más pequeño de su los dedos, el que llevaban el anillo con un sello de oro y ónix la prueba de su título.
Un recordatorio de su posición.
Y de lo lejos que debajo de él creía que ella estaba.
Ella levantó la barbilla con el pensamiento, la ira y el orgullo y el dolor la quemaban en una carrera caliente de sentimientos, y en ese preciso momento, él tocó la piel de la palma de su mano con la tela de lino húmedo. Abrazó la distracción del dolor punzante, silbando una malvada maldición italiana.
No se detuvo cuando él dijo:
-Yo no sabía que esos dos animales podrían hacer tal cosa juntos.
-Es de mala educación de su parte escuchar.
Miro ese cabello de oro luego de decir esas palabras.
-Es más bien difícil no escuchar si está a escasos centímetros de mí, gritando su malestar.
-Las damas no gritan.
-Parece que las damas italianas lo hacen. En particular, cuando están bajo tratamiento médico.
Ella se resistió a la tentación de sonreír.
Él no era divertido.
Él bajó la cabeza y se concentró en su tarea, enjuagando el paño de lino en la cuenca de agua limpia. Ella
se estremeció cuando el tejido fresco volvió a fregar su mano, y dudó brevemente antes de continuar.
La pausa momentánea la intrigaba. El Duque de Leighton no era conocido por su compasión. Era conocido por su indiferencia arrogante, y ella estaba sorprendida de que cayera tan bajo como para realizar una
tarea tan servil como la limpieza de la grava de sus manos.
-¿Por qué haces esto? - Le espetó en la próxima picadura de lino.
No detuvo sus movimientos.
-Te lo dije. Tu hermano va a tener una tarea bastante difícil haciéndole frente a la situación sin ti toda sangrando. Y mis muebles también.
-No.- Ella sacudió la cabeza. -Quiero decir: ¿por qué estás haciendo esto? ¿No tienes un batallón de sirvientes solo esperando para llevar a cabo una tarea tan desagradable?
-Los tengo.
-¿Y qué?
-Siervos en una conversación, señorita Fiori. Yo preferiría que tan sólo unas pocas personas sepan que estás aquí, los dos solos, a esta hora.
Ella era un problema para él. Nada más.
Después de un largo silencio, se encontró con su mirada.
-¿Usted no está de acuerdo?
Ella se recuperó rápidamente.
-No, en absoluto. No estoy más que asombrada de que un hombre de su riqueza e importancia tendría servidores que chismeen. Uno podría pensar que habría adivinado la manera de despojarse de todo deseo de socializar.
Uno de los lados de su boca se apretó, y negó con la cabeza.
-A pesar de que te estoy ayudando, estás buscando formas de herirme.
Cuando ella respondió, su tono era grave, sus palabras ciertas.
-Perdóneme si soy cuidadosa de su buena voluntad, su Gracia.
Sus labios se apretaron en una línea delgada y recta, y él alcanzo su mano, repitiendo sus acciones.
Ambos vieron mientras limpiaba la sangre seca y la grava de la palma de su mano, revelando rosa licitación
de carne, que tardaría varios días en sanar.
Sus movimientos eran suaves pero firmes, y el golpe de la ropa en la piel erosionada creció más tolerable
mientras limpiaba las heridas. Juliana vio como un rizo de oro le caía sobre la frente. Su aspecto era, como siempre, duro e inmóvil, como una de las estatuas de mármol preciadas de su hermano.
Ella se inundó con un deseo familiar, uno que se apoderaba de ella cada vez que estaba cerca.
El deseo de romper la fachada.
Ella lo había vislumbrado sin ella dos veces.
Y entonces él había descubierto quién era ella... la media hermana italiana de uno de los más notorios granujas de Londres, hija apenas legítima de una caída marquesa y su marido, comerciante, levantó la barrera de Londres y sus costumbres y tradiciones y reglas.
Lo contrario de todo lo que él representaba.
La antítesis de todo lo que le importaba tener en su mundo.
-Mi único motivo es que llegue a su casa en una sola pieza, con nadie, mas que su hermano, sabiendo de su pequeña aventura de esta noche.
Tiró la ropa en la cuenca del ahora de color rosa agua y levantó uno de los botes pequeños de la bandeja. Él
la abrió, liberando el aroma de romero y limón, y llegó a sus manos una vez más.
Ella se dio por vencida fácilmente esta vez.
-¿Usted realmente no espera que crea que está preocupado por mi reputación?
Leighton metió la punta de un dedo en la amplia olla, concentrándose en sus heridas mientras alisaba la tela a través de su piel. La medicina combatía la picadura quemando su mano, dejando un camino de bienvenida, fresco, donde sus dedos acariciaban. El resultado fue la ilusión irresistible de que su contacto era el precursor del suave placer inundando su piel.
No lo era.
No, en absoluto.
Ella captó su suspiro antes de que la avergonzara. No obstante, él la oyó. Esa ceja de oro subió una vez más, dejándola con su deseo.
Ella cogió su mano. No trato de detenerla.
-No, señorita Fiori. No estoy preocupado por su reputación.
Por supuesto que no lo estaba.
-Estoy preocupado por la mia.
Eso implicaba que encontraba su bienestar vinculado a ella, podría dañar su reputación, tal vez peor porque sus manos la habían tocado antes.
Ella respiró hondo, preparándose a sí misma para su próxima batalla verbal, cuando una voz furiosa sonó desde la puerta.
-Si usted no saca las manos de encima de mi hermana en este instante, Leighton, su preciosa reputación será el menor de tus problemas.


Fin de Capitulo

26 may. 2012

11 Escandalos para conquistar el corazon de un duque - Sarah MacLean Sarah: Capitulo 1 (español, parte 1)

Espero que lo disfruten tanto como yop xD
Sarah empieza el libro con un probervio en italiano q creo que deveria quedar en ese idioma (x eso lo puse asi en el documento y en esta entrada) pero para las curiosas (como yo) dice esto:

"Un momento con una mujer caprichosa
significa once años de vida aburrida.
Un solo momento con una mujer ardiente
vale por once años de vida aburrida."
(Proverbio italiano)


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Eleven Scandals to Start to Win a Duke's Heart
Sarah MacLean


Un momento con una donna capricciosa
vale undici anni di vita noiosa.
A single moment with a fiery female
is worth eleven years of a boring life.
(Italian Proverb)

Capitulo 1


Los árboles no son más que una cubierta para el escándalo.
Las señoras elegantes permanecen en casa por la noche.
-Un tratado para las más exquisitas de las damas.


Hemos oído decir que las hojas no son las únicas cosas caídas en los jardines...
-El escándalo de la Hoja, octubre 1823.


En retrospectiva, había cuatro acciones que la señorita Juliana Fiori debería haber reconsiderado esa noche.
En primer lugar, que probablemente debería haber ignorado el impulso de salir del baile de otoño de su cuñada hacia los menos empalagosos, con mejor olor, y muy mal iluminados jardines de la Casa Ralston.
En segundo lugar, muy probablemente debería haber dudado cuando el mismo impulso la empujó más profundamente a lo largo de los caminos oscuros que marcaban el exterior de la casa de su hermano.

En tercer lugar, casi con total seguridad debería haber vuelto a la casa en el momento en que tropezó con Lord Grabeham, borracho, sin equilibrio, y haciendo cosas por completo poco caballerosas.
Pero, ella definitivamente no lo debería haber golpeado.
No importaba que la hubiera atraído hacia sí y respirara su aliento cargado de whisky sobre ella, o que sus labios fríos y húmedos, hubieran encontrado su camino con torpeza al arco alto de una mejilla, o que él le haya sugerido que podían gustarles las mismas cosas que a su madre.
La damas no golpean a la gente.
Por lo menos, las damas inglesas no lo hacen.
Ella vio como el no-del-todo caballero aulló de dolor y tiró de un pañuelo de su bolsillo para cubrir su nariz y como el paño de lino virgen blanco se inundaba con rojo. Se quedó inmóvil, disimuladamente sacudió su mano consumida por el miedo.
Ella tenia que haber salido. Tenía que ser un "problema".
No importaba que él se lo hubiera merecido.
¿Qué iba a hacer? ¿Le permitiría agarrarla mientras ella esperaba a que un salvador la encontrase a través de los árboles? Cualquier hombre en los jardines a esta hora estaba segura de que seria menos un salvador y más de lo mismo que ese hombre.
Ella había demostrado ser más que apropiada para chismes.
Ella nunca sería uno de ellos.
Juliana levantó la vista hacia el oscuro dosel de los árboles, un crujido de hojas a una buena altura le advirtio que sólo tenía hace unos momentos para encontrarse con lo mas desagradable del baile. Ahora el sonido se mofaba de ella... cuanto mas se acercaba, mas se acercaba el eco del susurro dentro de los salones de baile a través de Londres.
-¡Usted me golpeó! - El grito del hombre gordo era demasiado fuerte, nasal, e indignado.

Levantó la mano y empujó un mechón de pelo suelto hacia atrás de la mejilla.
-Acércate a mí otra vez, y obtendrás más de lo mismo.
Sus ojos no la abandonaron cuando se secó la sangre de la nariz. La ira en su mirada era inconfundible.
Ella sabía de la ira. Sabía lo que significaba.
Se preparo a sí misma para lo que se avecinaba.
No obstante, tenia que picarla.
-Se arrepentirá de esto. - Dio un paso amenazante hacia ella. -Voy a hacer que todos crean que me rogaste hacerlo. Aquí en los jardines de tu hermano, como la mujerzuela que eres.

Un dolor comenzó en su cabeza. Ella dio un paso hacia atrás, moviendo la cabeza.
-No, - dijo ella, retrocediendo por el espesor de su acento... la italiana que tenía dentro era tan dura de domar. -Ellos no van a creerle.
Las palabras sonaban huecas, incluso para ella.
Por supuesto que le creerían.
Él le leyó el pensamiento y soltó una furiosa risa.
-No puede imaginar que te creerían. Apenas eres legítima. Tolerada sólo porque tu hermano es un marqués. No puede creer que él crea en usted. Usted es, después de todo, la hija de tu madre.
La hija de su madre. Las palabras eran un golpe del que nunca podría escapar. No importaba lo mucho que tratara.

Ella levantó la barbilla y cuadro los hombros.
-Ellos no le creerán, - repitió ella, deseando que su voz se mantuviera estable, -porque no van a creer que ni siquiera posiblemente podría  haberte deseado, porco.
él le tomó un momento traducir el italiano al inglés, para escuchar el insulto. Pero cuando lo hizo, la palabra cerdo colgó entre ellos en los dos idiomas, Grabeham trato de alcanzarla, agarrándola con su mano carnosa de dedos como salchichas.

Era más bajo que ella, pero lo compensaba con la fuerza bruta. Le agarró una muñeca, los dedos se le clavaron profundamente, con la promesa de magulladuras, y Juliana trató de contenerse, su piel dolía y quemaba. Ella susurró su dolor y actuó por instinto, agradeciendo a su creador haber aprendido a luchar contra los chicos en la ribera Veronese.
Su rodilla se acercó. Se puso en contacto preciso, vicioso.
Grabeham aulló, desprendió su agarre lo suficiente para escapar.
Y Juliana hizo lo único que podía pensar.
Ella corrió.
Levanto las faldas de su vestido verde brillante, que se rasgó a través de los jardines, alejándose de la luz saliendo de la sala de baile enorme, sabiendo que de ser vista corriendo en la oscuridad seria tan perjudicial como ser capturada por el odioso Grabeham... que se había recuperado con alarmante velocidad. Lo oyó detrás de ella pasando a través de un seto espinoso, su respiración jadeante.

El sonido la aguijoneaba, y salio a través de la puerta del lado del jardín que lindaba Ralston House, donde una colección de carruajes esperaban a una larga lista de señores y señoras a que deseasen volver a casa.  Pisó algo afilado y tropezó, se sacudió las palmas de sus manos mientras se esforzaba a sí misma a colocarse derecha. Maldijo su decisión de retirar los guantes que había usado en el interior del salón de baile... esa empalagosa cabritilla habría ahorrado unas cuantas gotas de sangre esta noche. La puerta de hierro se cerró detrás de ella, y ella vaciló por un fracción de un segundo, el ruido podría atraer atención. Un vistazo rápido encontró una colección de cocheros enfrascados en un juego de dados en el extremo del callejón, sin saber o sin interesarse por ella. Mirando hacia atrás, vio a Grabeham buscándola detrás de la puerta.
Era un toro con una capa roja, tenía meros segundos antes de que ella fuera corneada.
Los carros eran su única esperanza.
Con voz baja y tranquilizadora en su lengua italiana, se deslizó debajo de las cabezas masivas de dos grandes caballos negros y se deslizó rápidamente a lo largo de la línea de carros. Ella oyó el chirrido de la puerta al ser abierta y cerrada, y ella se quedó inmóvil, escuchando el sonido revelador del depredador acercándose a su presa.
Era imposible saber nada sobre el latidos de su corazón.

En silencio, ella abrió la puerta a uno de los grandes y descomunales vehículos apalancándose a sí misma al transporte sin la ayuda de un refuerzo. Ella escuchó con una lágrima como la tela de su vestido quedaba atrapado en un borde afilado e hizo caso omiso de la punzada de decepción cuando ella tiró de la falda hacia el coche y llegó por la puerta, cerrándola detrás de ella lo más silenciosamente que pudo.
El vestido de satén verde sauce había sido un regalo de su hermano... una broma a su odio hacia los vestidos claros, usados por el resto de las remilgadas damas solteras de la alta sociedad.
Y ahora estaba en la ruina.
Ella se sentó rígidamente en el suelo justo en el interior del carro, las rodillas dobladas hacia el pecho, y dejar que la oscuridad la abrazara. Intento llevar su pánico a la calma, se esforzó en escuchar algo, cualquier cosa a través del silencio sordo. Ella se resistió a la necesidad de moverse, con miedo de llamar la atención sobre su escondite.
-Tego, tegis, tegit, - apenas susurro, la calmante cadencia italiana enfocaba sus pensamientos. -Tegimus, tegitis, tegunt.
Una leve sombra pasó por encima de ella, ocultando la luz tenue moteada sobre la ventana del carro exuberantemente tapizado. Juliana se congeló brevemente antes de agacharse otra vez en el esquina del carruaje, haciéndose tan pequeña como era posible, un desafío teniendo en cuenta su altura. Ella esperó, desesperada, y cuando el haz de luz regresó, ella tragó saliva y cerró su los ojos con fuerza, dejando escapar un suspiro largo y lento.
En Inglés, ahora.
-Me escondo. Te escondes. Ella se esconde...
Contuvo el aliento cuando varios gritos masculinos rompieron el silencio, rezando para que se movieran más allá de su escondite y pudiera salir de el, por una vez, en paz. Cuando el vehículo se sacudió bajo el movimiento de un cochero, luchando en su asiento, ella sabía que su oraciones quedaron sin respuesta.
Esto en cuanto a esconderse.
Ella juró una vez, el epíteto era uno de los más colorido de su lengua nativa, y consideró sus opciones. Grabeham podría estar justo afuera, pero hasta la hija de un comerciante italiano que había estado en Londres por sólo unos meses sabía que no podía llegar a la entrada principal de la casa de su hermano en un transporte que pertenecía a Dios sabía quien, sin causar un escándalo de proporciones épicas.
Tomo su decisión, metió la mano por el mango en la puerta y cambió su peso, se armo de valor para escapar lanzándose fuera del vehículo, sobre el empedrado y en la más cercana revisión de las tinieblas.
Y entonces el carro empezó a moverse.
Y el escape ya no era una opción.
Por un breve momento, considero abrir la puerta y saltar del carro de todos modos. Pero incluso
ella no era tan temeraria. Ella no quería morir. Ella sólo quería que la tierra se abra y la trague a ella, y el carro, todo. ¿Era eso mucho pedir?
Estando en el interior del vehículo, se dio cuenta que su mejor opción era volver al rincón y esperar a que el carro se detenga. Una vez que lo hiciera, ella saldría a través de la puerta más alejada de la casa con la esperanza, desesperada, de que no hubiera nadie allí para verla.

Sin duda, algo tenía que salir bien esta noche.
Sin duda, ella tenía unos minutos para escapar antes de que la vieran los aristócratas.
Ella respiró hondo para controlarse. Se impulso a sí misma hacia arriba... alcanzo el mango... lista para huir.

Antes de que pudiera salir, sin embargo, la puerta en el lado opuesto del carro se abrió, trayendo el aire en el interior con él en una carrera violenta. Sus ojos se abrieron por el hombre enorme de pie justo detrás de la puerta del coche.
¡Oh, no!
Las luces en la parte delantera de la Ralston House ardían detrás de él, poniendo su rostro en la sombra, pero era imposible pasar por alto la forma en la luz cálida, amarilla, iluminando su masa de rizos de oro, convirtiéndolo en un ángel negro caído desde el Paraíso, negándose a devolver su halo.

Ella sintió un sutil cambio en él, una apariencia tranquila, con una tensión imperceptible en sus anchos hombros y sabía que había sido descubierta. Juliana sabía que debería estar agradecida por su discreción cuando abrió la puerta para él solo, eliminando cualquier espacio a través del cual otros pudieran verla, pero cuando subió en el carro fácilmente, con la ayuda de ninguna sirviente, la gratitud estaba muy lejos de lo que estaba sintiendo.
El pánico era una emoción más precisa.
Tragó saliva, con el solo pensamiento de gritar, aunque sea en su mente.

Ella debería haber considerado sus posibilidades con Grabeham.
Pero ciertamente no había nadie en el mundo al que menos le gustaría hacer frente en ese momento en particular que al insoportable, inmoble Duque de Leighton.
Sin duda, el universo estaba conspirando en su contra.

Continuara...