29 may. 2012

11 Escándalos para conquistar el corazón de un duque: Capitulo 2 en español (2 parte)

Capitulo 2 (2 parte)

-¡Me llamo tarta! - Anuncio, a la defensiva. Hubo una pausa. -Espere. Eso no está bien.
-¿Pastel?
-¡Sí! ¡Eso es! - Ella miro las manos de su hermano convertidas en puños y miro a Simón. -¿Creo que no es un cumplido?
Fue duro para el escuchar eso. A él le hubiera gustado tener ahora mismo un puño sobre el hombre.
-No. No lo es.
Pensó por un momento.
-Bueno, entonces él se merecía lo que recibió, ¿no es verdad?
-Leighton, - Ralston encontró su voz. -¿Hay algún lugar en el que mi hermana pueda esperar mientras usted y yo hablamos?
Las campanas de alarma sonaron, fuerte y estridentes.
Simón se puso de pie, deseando calmarse.
-Por supuesto.
-Vas a discutir sobre mí, - exclamó Juliana.
¿La mujer no podía mantener ni un pensamiento para sí misma?
-Sí. Lo haré, - anunció Ralston.
-Me gustaría quedarme.
-Estoy seguro de que te gustaría.
-Gabriel... - Comenzó, en un tono suave que Simón sólo había oído alguna vez utilizarlo con los caballos sin entrenar y los internos de un asilo.
-No tientes a la suerte, hermana.
Hizo una pausa, y Simón vio con incredulidad como ella consideraba su próximo curso de acción. Por último, se encontró con su mirada, sus ojos azules brillantes parpadeando con irritación.
-¿Su Gracia? ¿A dónde podría esperar mientras usted y mi hermano hacen negocios de hombres?
Increíble. Ella se resistió en todo momento.
Se trasladó a la puerta, llevándola al pasillo.
Después de su salida, señalo la habitación directamente en frente de ellos.
-La biblioteca. Es posible que se ponga cómoda allí.
-Mmm. - El sonido era seco y descontento.
Simón contuvo una sonrisa, incapaz de resistirse a burlarse de ella por última vez.
-¿Y puedo decir que estoy feliz de ver que usted está dispuesta a admitir la derrota?
Ella se volvió hacia él y dio un paso más cerca, sus pechos casi tocándose. El aire se hizo más fuerte entre ellos, y fue inundado con su olor... grosellas rojas y albahaca. Era el mismo olor que había notado hace meses, antes de que él hubiera descubierto su verdadera identidad. Antes de que todo hubiera cambiado.
Se resistió al impulso de mirar la extensión de piel por encima del borde verde intenso de su vestido y en su lugar dio un paso atrás.
La niña era totalmente carente de sentido de la decencia.
-Puedo admitir la derrota en una batalla, Su Gracia. Pero nunca en la guerra.
La vio cruzar el vestíbulo y entrar a la biblioteca, cerrando la puerta detrás de ella, y él negó con la cabeza.
Juliana Fiori era un desastre esperando que suceda.
Era un milagro que hubiera sobrevivido la mitad de un año con la aristocracia.
Era un milagro que hubiera sobrevivido la mitad de un año con ella.
-Le dio con su rodilla en la... - Dijo Ralston, cuando Simón volvió al estudio.
-Parecería que sí, - respondió, cerrando la puerta con firmeza, como si pudiera bloquear a aquella mujer más que problemática.
-¿Qué diablos voy a hacer con ella?
Simón parpadeó una vez. Ralston y él apenas se toleraban entre sí. Si no fuera porque el gemelo del marqués era su amigo, ninguno de los dos si quiera hablarían con el otro. Ralston había sido siempre un zoquete.
Él en realidad no pedía la opinión de Simón, ¿lo hacia?
-Oh, por amor de Dios, Leighton, era retórico. Sé que no debo pedirte consejo. En particular, acerca de hermanas.
Las palabras lo golpearon de verdad, y Simon sugirió precisamente donde Ralston se podía ir para obtener algunos consejos.
El marqués se echó a reír.
-Mucho mejor. Yo estaba cada vez más preocupado por la forma graciosa en que te habías convertido.
Él fue hacia el aparador y se sirvió tres dedos de líquido color ámbar en un vaso. Volviéndose dijo:
-¿ Escocés?
Simón volvió a sentarse, dándose cuenta de que esta podría ser una larga noche.
-Una oferta generosa, - dijo secamente.
Ralston le alcanzo un vaso y se sentó.
-Ahora. Vamos a hablar de cómo mi hermana termino en su casa en medio de la noche.
Simon tomó un largo trago, disfrutando de como lo quemaba el licor en su garganta.
-Te lo dije. Estaba en mi coche cuando me fui del baile.
-¿Y por qué no me lo informaste de la situación de inmediato?

Esa pregunta era bastante buena. Simón hizo girar el vaso de whisky en la mano, pensando. ¿Por qué no cerró la puerta del coche y fue a buscar Ralston?
La chica era común e imposible y todo lo que no podía soportar en una mujer.
Pero ella era fascinante.
Ella había sido así desde el primer momento en que la había conocido, en la condenada librería, comprando un libro para su hermano. Y entonces la había visto otra vez en la Exposición de Royal Art. Y ella lo dejo creer...
-¿Tal vez me dirás tu nombre? - Le había pedido, deseoso de no perderla de nuevo. Las semanas transcurridas desde la librería habían sido interminables. Había frunció los labios, una mueca perfecta, y él había sentido la victoria. -Yo iré primero. Mi nombre es Simón.
-Simón. - Había amado el sonido en su lengua, el nombre que él no había utilizado públicamente en las últimas décadas.
-¿Y el tuya, mi lady?
-Oh, creo que eso arruinaría la diversión, - se había detenido, su brillante sonrisa iluminaba la habitación. -¿No está de acuerdo, Excelencia?
Ella sabía que él era un duque. Él debería haber reconocido entonces que algo andaba mal. Pero en cambio, se había paralizado. Sacudiendo la cabeza, había avanzado lentamente hacia ella, enviándola a correrse hacia atrás para mantener la distancia, y la persecución le había cautivado.
-Ahora, eso es injusto.
-Me parece más que justo. Soy un detective mejor que tú.
Hizo una pausa, teniendo en cuenta sus palabras.
-Parece que es de esa manera. ¿Quizá debería simplemente adivinar su identidad?
Ella sonrió.
-Usted puede sentirse libre de eso.
-Tú eres una princesa italiana, aquí con tu hermano en alguna visita diplomática al rey.
Había ladeó la cabeza en el mismo ángulo que tenía esa noche, mientras conversaba con su hermano.
-Tal vez.
-O bien, la hija de un conde Veronese, pasando su primavera aquí, deseosa de experimentar la legendaria temporada en Londres.
Ella se rió entonces, el sonido como el sol.
-Es muy descorazonador que a mi padre le de un puesto tan simple. ¿Por qué no un duque? ¿Al igual que usted?
Él había sonreído.
-Un duque, entonces, - y agregó en voz baja, -que haría las cosas mucho más fáciles...
Ella le dejo creer que ella era más que una plebeya molesta.
Lo cual, por supuesto, ella no lo era.
Sí, debería haber traído a Ralston en el momento en que vio a esa tonta en el suelo de su coche, apretada en la esquina como si fuera una mujer más pequeña, como si pudiera haberse ocultado de él.
-Si yo hubiera ido a buscarte, ¿cómo crees que hubiera terminado?
-Ella estaría dormida en su cama ahora mismo. Así es como habría terminado.
Hizo caso omiso de la visión que le vino de ella soñando, su pelo negro salvaje repartido en sábanas de lino blanco, su piel cremosa haciendo una bola bajo su camisón. Si llevaba camisón.
Se aclaró la garganta.
-¿Y si hubiera saltado de mi coche a la vista de todos los invitados de Ralston House? ¿Qué, pues?
Ralston hizo una pausa para reflexionar.
-Bueno, entonces, supongo que se habría arruinado. Y usted se estaría preparando para una vida de felicidad conyugal.
Simon volvió a beber.
-Así que lo más probable es que es mejor para todos nosotros que me haya comportado como lo hice.
Los ojos de Ralston se oscurecieron.
-Esta no es la primera vez que te resistes abiertamente a la idea de casarte con mi hermana, Leighton. Me parece que estoy empezando a tomarlo como algo personal.
-Tu hermana y yo no es conveniente, Ralston. Y tú lo sabes.
-No la puedo manejar.
Los labios de Simón se torcieron. No había un hombre en Londres que consiguiera mandarla.
Ralston lo sabía.
-Nadie va a tenerla. Ella es demasiado audaz. Demasiado impetuosa. Todo lo contrario de las buenas damas inglesas.
Hizo una pausa, y Simón se preguntó si el marqués estaba esperando que este en desacuerdo. No tenía ninguna intención de hacerlo.
-Ella dice todo lo que le entra en la cabeza cada vez que llega, sin tener en cuenta cómo los que la rodean respondan. ¡Ella ensangrienta las narices de hombres desprevenidos! - La última frase la dijo con una carcajada de incredulidad.
-Bueno, para ser justos, sonaba como el hombre de esta noche se lo merecía.
-Lo hizo, ¿verdad? - Dejó salir Ralston, pensando por un largo rato. -No debería ser tan difícil encontrarlo. No puede haber demasiados aristócratas con un labio hinchado por ahí.
-Menos aún cojeando de la otra lesión, - dijo Simón con ironía.
Ralston negó con la cabeza.
-¿Dónde crees que se enteró de esa táctica?
A partir de los lobos por los que había sido claramente educada.
-Yo no me atrevo a adivinarlo.
El silencio cayó entre ellos, y después de un largo momento, Ralston suspiró y se levantó.
-No me gusta estar en deuda con usted.
Simón sonrió con la confesión.
-Nosotros ni siquiera lo consideramos.
El marqués asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Una vez allí, se dio la vuelta.
-Tuvimos suerte, ¿no es así, que haya una sesión especial este otoño? ¿Manteniendonos a todos dentro de nuestro país?
Simon se encontró con la mirada sabia de Ralston. El marqués no hablaría de lo que ambos sabían... que Leighton había lanzado su considerable poder para enviar un proyecto de ley de emergencia que podría haber esperado para comenzar fácilmente en la sesión de primavera del Parlamento.
-La preparación militar es un asunto serio, - dijo Simon con calma deliberada.
-De hecho, lo es. - Ralston cruzó sus brazos y se recostó contra la puerta. -Y el Parlamento es una bienvenida distracción de las hermanas, ¿no?
Los ojos de Simón se estrecharon.
-Nunca antes has tirado golpes conmigo, Ralston. No hay necesidad de comenzar ahora.
-¿No creo poder pedir su ayuda con Juliana?
Simón se quedó inmóvil, la solicitud colgó entre ellos.
Simplemente dile que no.
-¿Qué tipo de ayuda?
No es preciso.
-No, - dijo Leighton.
Ralston enarcó una ceja.
-Yo no estoy pidiendo que se case con la muchacha, Leighton. Relájese. Yo podría utilizar el par de ojos extra con ella. Quiero decir, ella no puede entrar en los jardines de nuestra propia casa sin ser atacada por hombres no identificados.
Simon nivelo a Ralston con una mirada fresca.
-Parece que el universo te está castigando con una hermana que crea tantos problemas como lo hiciste.
-Me temo que puede que tengas razón.
Un pesado silencio.
-Sabes lo que le puede pasar a ella, Leighton.
Lo has vivido.
Las palabras no fueron pronunciadas, pero en ese silencio Simón las oyó entre ellos, no obstante.
Sin embargo, la respuesta es no.
-Perdóname si yo no estoy del todo interesado en hacerle un favor, Ralston.
Mucho más cerca.
-Sería un favor para St. John, así, - Ralston añadió, invocando el nombre de su hermano gemelo, el gemelo bueno. -Puedo tener que recordarte que mi familia esta gastando un poco de energía en tu cariñosa hermana, Leighton.
Allí estaba.
El peso pesado del escándalo, lo suficientemente potente como para mover montañas.
No le gustaba tener una debilidad evidente.
Y sólo empeoraría.
Durante un largo momento, Simón no se atrevía a hablar. Por último, asintió con la cabeza.
-Justo lo suficiente.
-Se puede imaginar lo mucho que detesto la idea de hablar de esto, Duque, pero piensa en cuánto vamos a disfrutar viéndonos la cara por el resto de nuestros días.
-Lo confieso, yo estaba esperando no tener que sufrir por tanto tiempo.
Ralston se echó a reír.
-Eres un cabrón insensible. - Él estaba para quedarse detrás de la silla que había dejado vacante. -¿Estás listo, entonces? ¿Para cuando la noticia salga a la luz?
Simón no pretendió haber malentendido. Ralston y St. John eran los únicos dos hombres que conocían el más oscuro de los secretos de Simón. El que destruiría a su familia y su reputación si se diera a conocer.
El que estaba destinado a ser revelado antes o después.
¿Alguna vez estaría listo?
-Todavía no. Pero muy pronto.
Ralston le observaba con una mirada fresca de color azul que a Simón le recordó a Juliana.
-Sabes que vamos a estar junto a ti.
Simón se rió una vez, sin sentido del humor en el sonido.
-Perdóname si no pongo mucho peso en el apoyo de Ralston House.
Uno de los lados de la boca de Ralston se levantó con una sonrisa.
-Somos un grupo heterogéneo. Pero compensamos ello con más que tenacidad.
Simon considero a la mujer en su biblioteca.
-Eso no lo dudo.
-Supongo que va a casarse.
Simón se detuvo en el acto de levantar la copa a los labios.
-¿Cómo lo sabes?
La sonrisa se ​​convirtió en una sonrisa de complicidad.
-Casi todos los problemas pueden ser resueltos por un viaje al vicario. En particular, el suyo. ¿Quién es la afortunada?
Simón considero mentir. Considero fingir que no la había seleccionado. Todo el mundo lo sabría muy pronto, sin embargo.
-Lady Penélope Marbury.
Ralston silbo largo y bajo.
-Hija de un segundo marqués. Reputación impecable. Generaciones de pedigree. La Santísima Trinidad de un partido deseable. Y con una fortuna. Excelente elección.
No era nada que Simón no hubiera pensado, por supuesto, pero dolía, sin embargo escucharlo en voz alta.
-No me gusta oírte hablar sobre los fondos de mi futura duquesa como si estuviera ganando premios.
Ralston se echó hacia atrás.
-Mis disculpas. Yo tenía la impresión de que usted había elegido a su futura duquesa como si estuviera ganando premios.
Toda la conversación lo ponía incómodo. Era cierto. Él no iba a casarse con Lady Penélope por otra cosa que sus antecedentes intachables.
-Después de todo, no es como si alguien se fuera a creer que el gran duque de Leighton se casaría por amor.
No le gustaba el ligero sarcasmo en el tono de Ralston. Por supuesto, el marqués había sabido siempre lo que le irritaba. Desde que eran niños. Simón se levantó, dispuesto a moverse.
-Creo que voy a buscar a tu hermana, Ralston. Ha llegado el momento para que usted pueda llevarla a su casa. Y yo le agradecería si pudiera mantener al dramatismo de tu familia alejado de mi puerta en el futuro.
Las palabras sonaron imperiosas incluso para sus oídos.
Ralston se enderezó, haciendo un trabajo lento para llegar a su altura, era casi tan alto como Leighton.
-Ciertamente lo intentare. Después de todo, usted tiene un montón de dramatismo en su propia familia amenazando con venirse abajo en su puerta, ¿no?
No había nada en Ralston que a Simón le gustara.
Él haría bien en recordarlo.
Salió del estudio y se dirigió a la biblioteca, abriendo la puerta con más fuerza de lo necesario y quedándose quieto justo en el interior de la habitación.
Ella estaba dormida en su silla.
Con su perro.
La silla que había elegido era una en la que él había trabajado mucho y duro para que llegara a el nivel perfecto para su comodidad. Su mayordomo había sugerido retapizarlo en innumerables ocasiones, debido en parte, Simón imaginaba, al desgaste, el tejido blando que él consideraba uno de los mejores atributos del asiento. Miró la forma de dormir de Juliana, su arañada mejilla contra los suaves hilos de oro de la tela gastada.
Se había quitado los zapatos y enroscó sus pies debajo de ella, y Simón negó con la cabeza por el comportamiento. Las damas a través de Londres no se atrevería a ir descalzas en la intimidad de sus propios hogares, y sin embargo allí estaba ella, acomodándose y tomando una siesta en la biblioteca de un duque.
Robó un momento para verla, para apreciar cómo se adaptaba perfectamente a su silla. Era más grande que la plaza y media, construida especialmente para él quince años antes, cuando, cansado de doblarse a sí mismo en sillas minúsculas que su madre había declarado estaba a "la altura de la moda", había decidido que, como duque, estaba bien dentro de su derecho de nacimiento gastar una fortuna en una silla que se adaptara a su cuerpo. Era lo suficientemente amplia como para que se sentara cómodamente, con espacio adicional suficiente para un montón de papeles que requerían su atención, o, como era el caso en este momento, para un perro en busca de un cuerpo caliente.
El perro, un perro mestizo de color marrón que había encontrado su camino hacia el dormitorio de su hermana en un día de invierno, ahora caminaba con Simón y establecía su hogar dondequiera que el duque iba. El canino estaba particularmente aficionado a la biblioteca de la casa de la ciudad, con sus tres chimeneas y muebles cómodos, y había hecho, obviamente, un amigo. Leopold estaba acurrucado ahora en una pequeña bola, con la cabeza apretada en uno de los largos muslos de Juliana.
Muslos que Simón no debería notar.
Que su perro fuera un traidor era una preocupación que Simón abordará más adelante.
Ahora, sin embargo, tenia que hacer frente a la dama.
-Leopold. - Llamo Simón el perro, golpeando una mano en su muslo en una maniobra que había practicado, el perro se coloco sobre sus talones en cuestión de segundos.
Si tan sólo la misma acción llevara a la niña a sus talones.
No, como no tenia esa manera, él no la iba a despertar con tanta facilidad. En su lugar, quería despertarla lentamente, con movimientos largos y suaves a lo largo de esas piernas maravillosas... agazapándose junto a ella y enterrando su cara en esa masa de cabellos de ébano, bebiendo su olor, a continuación, llevaría sus labios a lo largo del ángulo de su encantadora mandíbula hasta llegar a la curva suave de su oreja. Él le susurraría su nombre, despertandola con el aliento en lugar de con el sonido.
Y luego iba a terminar lo que había iniciado hacia meses.
Y él la llevaría hasta sus talones de una forma totalmente diferente.
Él junto sus manos en puños a los lados para mantener su cuerpo alejado de actuar con la promesa de su imaginación. No había nada por lo que pudiera hacer eso sin que sea más perjudicial para alimentar el deseo inoportuno que sentía por esa mujer imposible.
Sencillamente, tenía que recordar que estaba buscando en el mercado a la duquesa perfecta.
Y la señorita Juliana Fiori nunca iba a ser eso.
No importa lo bien que llenara su sillón favorito.
Ya era hora de despertar a la niña.
Y mandarla a su casa.

Fin del Capitulo...

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